viernes, 17 de octubre de 2008

Los recuerdos de un presidiario francés

“Papillon” (1970)


Este es un libro que encontré fortuitamente: como sucede a veces, alguien donó a la parroquia un lote de libros que ya no necesitaba, generalmente muy viejos. Yo soy activo miembro de la parroquia y justo vi la caja con los libros caídos en desgracia, de modo que empecé a hurgar y me encontré con este “Papillón”, impreso por EMECÉ en 1970 (había salido en su idioma oficial en 1969). Se ve que tuvo gran éxito, pues en las primeras páginas se dice que la primera impresión fue en abril de 1970; la segunda impresión también en el mismo mes; y la tercera edición fue al mes siguiente.

Papillon” en idioma francés significa “Mariposa”, y alude a un tatuaje que tiene el protagonista; ese tatuaje con forma de mariposa ocasiona que a dicho protagonista se lo conozca también por el apodo de “Papillon”, aunque su nombre sea Henri Charriere.

Este es precisamente el nombre del autor: Charriere ha escrito un libro autobiográfico, colocándole como título su famoso apodo. Eso hace que el libro sea una pieza literaria única, por la minuciosidad con que están relatados hechos que sucedieron en la realidad.

Charriere no cuenta su vida en general sino una parte, pero esa parte vale por el resto: desde los 25 años (1931 o 1932) hasta los 37 años (en 1945), etapa en la cual afrontó una condena por el asesinato de un “macró” (por lo que he podido averiguar es un proxeneta o algo así). Papillon era un hombre de la noche, un “dandy”, y aunque juraba ser inocente, lo mandaron a la Guayana Francesa, en la costa norte de Sudamerica (al norte de Brasil). En el Primer Mundo mandaban (o mandan) a sus indeseables lejos, a la periferia, a purgar sus condenas. Bueno, al fin y al cabo en Argentina se acostumbraba mandar a los “peores” a Tierra del Fuego, también lejos.

Papillon va contando con lujo de detalles todos los momentos que vive en “el camino de la podredumbre”, como él le llama. Lo han condenado a perpetua, pero llevado de su espíritu indómito (al fin y al cabo es un hombre de la noche, no habituado a las ataduras) piensa desde el principio en fugarse. Al comienzo lo mueve el deseo de venganza, como en esta escena:

Han pasado treinta años y sin embargo mi pluma corre para recordar lo que realmente pensé en aquellos momentos de mi vida, sin el menor esfuerzo de memoria.
No, lo les haré nada a los jurados. ¿Pero al fiscal? ¡Ah! A ese hay que escarmentarlo. Para él tengo una receta siempre lista, tomada de Alejandro Duma. Actuar exactamente como en “El conde de Montecristo” con la víctima que había encerrado en el sótano para que reventara de hambre.


Y más adelante, cuando un cura viejo lo visita en su celda para asistirlo espiritualmente:

Sus ojos son tan dulces, su gruesa figura tiene tanta luminosa bondad, que tengo vergüenza de negarme (a rezar). Como él se ha arrodillado, lo imito. “Padre nuestro que estás en los cielos…”. Se me caen las lágrimas, y el buen padre, que las ve, recoge sobre mi mejilla, con un dedo torcido, una gruesa lágrima, la lleva a los labios y la bebe.
- Tus lágrimas, hijo, son para mí la más grande recompensa que Dios podía enviarme hoy a través de ti. Gracias.- Se levanta y me besa en la frente.
Estamos de nuevo en la cama, uno al lado del otro.
- ¿Cuánto tiempo hacía que no llorabas?
- Catorce años.
- Catorce años ¿Por qué?
- El día de la muerte de mi madre.
Toma mi mano en la suya y me dice: “Perdona a los que te han hecho sufrir tanto.” Saco mi mano de la suya y, de un brinco, me encuentro sin quererlo en el medio de la celda.
- ¡Ah no, eso no! Jamás perdonaré. ¿Y quiere que le confíe una cosa, padre? Bueno, cada día, cada noche, cada hora, cada minuto, paso mi tiempo disponiendo cuándo, cómo, de qué modo podré hacer morir a los que me enviaron aquí.
- Dices y crees eso, hijo. Tú eres joven, muy joven. Cuando pase el tiempo renunciarás al castigo y a la venganza.
Treinta y cuatro años después pienso como él.


Papillon pasa su condena en el presidio de Cayena y en las islas cercanas a la Guayana Francesa, en medio de condiciones generalmente atroces. Pero el relato no por eso se hace lastimero, sino que Charriere narra todo con suma tranquilidad, como si las cosas que cuenta fueran algo habitual, algo de todos los días; y en realidad era habitual para los condenados. En ese sentido, el que escribe es un condenado, de modo que su visión de los hechos lejos está del espanto: ¿cómo va a espantarse de leer y escribir cosas que él ha vivido? Ya su capacidad de espantarse quedó atrás:

Además, el relato, queriéndolo o sin querer, resulta cómico; cómico por la naturalidad con que relata cosas que para nosotros son motivo de escándalo:

Matthieu Carbonieri, de acuerdo conmigo, había aceptado ser cocinero despensero en el sector de los jefes de guardianes. (…) El jefe de provisiones le da tres conejos para que los prepare para dos días después, el domingo. Carbonieri envía despellejados, afortunadamente, un conejo a su hermano que está en el muelle y dos a nosotros. Después mata tres gatos grandotes y con ellos hace un guiso con todas las de la ley.
Desgraciadamente para él, el doctor está invitado a esta comida y al paladear el conejo dice: “Señor Filidori, lo felicito por su menú: este gato está delicioso”.
- No se burle de mí, doctor, estamos comiendo tres hermosos conejos.
- No –dice el doctor, testarudo como una mula-. Es gato. ¿Ve las costillas que estoy comiendo? Son planas, y las de los conejos son redondas. Por lo tanto, no hay error posible: estamos comiendo gato.
- ¡Dios Santo, Cristacho! –Exclama el corso-. ¡Tengo un gato en la barriga! –Y sale corriendo hacia la cocina, le pone el revólver a Matthieu bajo la nariz y le dice:
- Pese a que eres tan napoleonista como yo, te voy a matar por hacerme comer gato.
Entre relatos de la vida cotidiana, fuga e intentos de fuga, desfilan docenas de personajes, al punto que cuesta memorizarlos. Charriere no se detiene mucho en cada uno, pero aún así lo poco que nos cuenta sobre ellos alcanza para darles a esos personajes una fuerza y protagonismos de primera línea. Resalta un cierto culto a la amistad: la lealtad a los amigos está presente constantemente, y vence al egoísmo. Es un código de presidiarios, pero muy válido, y demuestra a su manera que hay un sentido del honor incluso en personas que han sido desechadas por la sociedad.

Aunque tal vez muchos de ustedes ya conozcan cómo termina el libro, prefiero no contar más para dejar el deseo de leerlo. Es bastante grueso, pero vale la pena. No hay ritmo acelerado en el relato de las aventuras, sino mucho detalle y pintura, pero eso no quita emoción a la propuesta literaria de Charriere. Este libro fue adaptado al cine en 1973 (con el protagónico de Steve Moqueen), y Editorial Bruguera publicó una historieta en su ya legendaria revista “El Tony” en 1980.
Un recomendado.

3 comentarios:

viviana dijo...

Me encanto el comentario que le hiciste a esta obra viejisima,te cuento que me trajo cierta nostalia,porque esta historia la lei cuando era muy chica,desde la revista el Tony,de la cual eramos unos fanaticos mis hermanos y yo. no recuerdo como termina la historia,porfi como termina la historia??..hay tambien una peli llamada los miserables que tambien es de un presidiario que esta muy buena,no recuerdo los actores,pero vale la pena verla...

viviana dijo...

Me olvidaba de decir que a los exiliados no solamente los envian a tierra del fuego,sino tambien a las provincias que no tenga vinculos con los centros del saber como ser cordoba ,rosario o buenos aires,puesto que no tienen gran repercusión a nivel nacional.Por ejemplo jujuy no es considerado parte de argentina como muchas veces en programas nacionales han afirmado y como muchas veces la personas de las grandes ciudades creen que vivimos en la edad de piedra.Pero esos rotulos se deben a que las provincias del interior no son importantes y que solo adquieren importancia en la epoca electoral.

Raful dijo...

Muy cierto todo eso. Es sorprendente el pensamiento centralista de este país. Con relación a Tierra del Fuego, allí funcionaba a comienzos del siglo XX el penal "del fin del mundo", tal vez no con las condiciones atroces de la Guyana Francesa, pero con el mismo objetivo.
Saludos.